
Por Vanessa Vivas.
El panorama del cine colombiano en 2025 y lo que va de 2026 nos sitúa en una encrucijada crítica. Mientras la producción nacional reciente ha mantenido un volumen histórico de estrenos con cerca de 70 títulos por año, la participación en la taquilla sigue siendo un desafío importante. En este contexto, los llamados institucionales a «hacer un esfuerzo de país» o «meterle la ficha» resultan abstractos si no se traducen en políticas públicas que ayuden a soportar las dinámicas de un mercado regido por el capital privado y el dominio de los estrenos internacionales. No se trata solo de voluntad creativa; nos enfrentamos a un techo de cristal donde los circuitos de exhibición comercial priorizan rentabilidades inmediatas, desplazando a las producciones nacionales a horarios marginales y donde, a pesar del esfuerzo de las salas independientes en abrir pantallas para nuestro cine, la falta de recursos para la promoción tanto de las películas como de estos espacios, hace que difícilmente se llegue a los mínimos de espectadores establecidos por las convocatorias de estímulos del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico..
El panorama se agrava con la consolidación de las plataformas OTT, que han capturado la atención de las audiencias, especialmente para el documental que hoy representa un alto porcentaje de nuestra oferta pero que carece de músculo publicitario para competir en el universo theatrical. Surge entonces una pregunta necesaria sobre la eficiencia de mecanismos públicos de apoyo: ¿estamos financiando obras cuyo destino previsto, por falta de condiciones de mercado, es la invisibilidad?
El hecho de que el FDC condicione a la trayectoria de las distribuidoras el tamaño del estímulo al que se puede acceder para la distribución de cada película, termina sumándose al techo de cristal que asfixia a las distribuidoras emergentes del sector. ¿Cómo puede una empresa nueva fortalecer su estrategia de mercado si el sistema tiende a beneficiar a las de mayor recorrido, impidiendo la oxigenación necesaria para conectar con las nuevas sensibilidades del público?
En el campo de las Artes Escénicas, la Ley del Espectáculo Público nos ha enseñado que fortalecer a los escenarios trae resultados concretos en la gestión de públicos. Cuando los espacios de exhibición alternativos se fortalecen con infraestructura y a la vez se cultivan las narrativas locales, auténticas, novedosas, el público responde y responde porque es gratificante tener un teatro, una sala de cine, un escenario musical que nos invite, en condiciones, a sentarnos ante el espejo para reconocernos como país.
Finalmente, evaluar las políticas no es juzgar a quienes las ejecutan, sino ampliar la pregunta mayor que nos debe convocar como sector: ¿Cómo podemos hacerlo mejor? Lograr que el cine colombiano dialogue con su espectador requiere el compromiso real de los actores privados que determinan la circulación y una democratización del acceso que permita a distribuidores independientes y regionales crecer a la par de la industria. Si el interés por nuestra identidad cinematográfica es compartido, el compromiso debe ser transformar las reglas del juego para que el cine nacional deje de ser un acto de resistencia y se consolide como una realidad sostenible.



